Participar en la planificación de Isla San Francisco ha sido un desafío único, marcado por el cruce entre una problemática territorial urgente y la oportunidad de imaginar nuevas formas de habitar. Hoy, en gran parte del territorio nacional, el bosque nativo fuera de las áreas protegidas ha sido fragmentado por el crecimiento urbano, la industria y la presión antrópica.
Esto ha dado lugar a un paisaje compuesto por parches aislados que, paradójicamente, se vuelven piezas fundamentales para la conservación de los ecosistemas y la biodiversidad. Paralelamente, la falta de conexión con la naturaleza en las ciudades ha impulsado la búsqueda de vivir en entornos naturales, reconociendo los beneficios de los servicios ecosistémicos y el bienestar que estos generan.
Sin embargo, esta tendencia también ha producido impactos significativos en zonas periurbanas y rurales —especialmente en el sur de Chile— afectando aún más los remanentes de vegetación nativa. Una de las principales razones detrás de ambos fenómenos es la falta de planificación y la ausencia de una mirada interdisciplinaria capaz de abordar sus múltiples desafíos. Ambas son estrategias clave para diseñar soluciones habitables que permitan convivir y formar parte de los sistemas naturales; en resumen, lograr habitabilidad sin comprometer el equilibrio de un patrimonio ecológico invaluable.
El proyecto se estructura en torno a tres pilares: la conservación y restauración de los ecosistemas, la agricultura regenerativa y la construcción de una comunidad profundamente arraigada al territorio. Desde el inicio, trabajamos mediante una planificación interdisciplinaria rigurosa, entendiendo que solo a través de la integración de múltiples componentes -flora, fauna, suelos, agua, energía, construcción, cultura y comunidad- es posible diseñar un modelo verdaderamente coherente y responsable. Este enfoque ha sido uno de los mayores valores del proceso, especialmente al intervenir en un territorio vivo, diverso, rico y cargado de historia.
El conocimiento de distintos expertos, los rastros de antiguas formas de vida y nuestra experiencia en terreno han revelado los atributos de la isla y nos han ayudado a orientar el camino que ha tomado ISF. Hoy, la naturaleza se expresa con una fuerza inesperada: las generosas praderas alojan un sistema agropecuario respetuoso y el bosque laurifolio recupera su vigor.
Se nos ha dado la oportunidad de diseñar con sentido, buscando consolidar un modelo de desarrollo responsable: una comunidad vinculada a la cultura fluvial y consciente del rol de los ríos y humedales; un territorio guiado por criterios de diseño sostenible, manejo del paisaje y selección adecuada de especies; un estilo de vida que integra agricultura regenerativa y educación ambiental. Así, ISF se transforma en un ejemplo de cómo la habitabilidad puede contribuir a la salud de la cuenca, a la biodiversidad y al bienestar humano, marcando un antes y un después en la planificación territorial.